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Paradojas de la vida política. (Protágoras 4)




¿Qué es lo que se juega en este apasionante y complejo diálogo, el Protágoras? Cuestiones muy similares a las del Gorgias y, sin duda, la Apología. El marco de la discusión es la toma de decisiones en la democracia ateniense (véase al respecto este texto de un inteligente filósofo andaluz). Para Protágoras, la vida en la ciudad, en la polis, requiere consenso y acuerdo, para lo cual son necesarias - compartidas - unas características o cualidades específicas, a saber, unas virtudes específicas, resumibles en dos: sentido moral y justicia. Protágoras defiende - y lo hace bien - que la virtud es enseñable, pero reconoce que unos la aprenden y otros no, si bien todos la poseen en mayor o menor medida, pues es condición de la vida política, si se concibe esta como el resultado del debatir. El Estado somos todos, pero no todos somos iguales.
    Pues bien, Sócrates se sitúa en las antípodas: la virtud no es enseñable, y solo es accesible a unos pocos, implicando que, en política, lo que cuenta es la opinión de los expertos. El Estado no somos todos, porque unos son menos iguales que otros. En esta obra, sobre todo en esta obra, Sócrates se me aparece como un personaje irritante, manipulador del lenguaje, dogmático. ¿Sería posible plantear que Platón no estaba tan fascinado con su maestro como creeríamos? La maestría literaria de Platón es indudable, como lo es su capacidad para no haber elaborado un panfleto, sino una obra abierta, un texto nacido en la democracia, contra la democracia; de un sistema que sus conciudadanos, partidarios del régimen del dêmos, defendían enconadamente, posible por la igualdad de palabra y por la discusión pública de asuntos públicos. Es lo paradójico del arrogante discípulo de ese viejo cascarrabias irónico y divertido. 

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