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Mostrando entradas de julio, 2012

El tigre blanco

Ganador del Man Booker Prize, 2008. El autor, Aravind Adiga, nació en Madras en 1974 y posee un gran palmarés educacional (Columbia University, New York; Magdalen College, Oxford).
La denominación de la novela alude a las economías asiáticas, los "tigres". Lo mejor del relato, su sarcasmo. Junto a la forma (la carta), el humor negro y el protagonista, recuerda a una obra maestra de la literatura: el Lazarillo. Narrada en primera persona, se trata de una carta de Balram, el protagonista, al primer ministro chino Wen Jiabao. Balram le cuenta cómo ha llegado a convertirse en un hombre, es decir, en un hombre libre o empresario dueño de una compañía de taxis. El Tigre Blanco es él, anomalía salvaje del sistema de castas. Sólo a través del asesinato y el robo ha podido escapar de ese sistema inhumano, apodado el Gallinero o Rooster Coop. Sólo matando a su amo y robándole ha podido pasar de la Oscuridad a la Luz.
Balram nace en un pequeño pueblo en una región que llama La Oscurida…

El cuarto protocolo

Frederick Forsyth (británico, nacido en 1938), todo un maestro de la pulp fiction de espías. Uno de ellos es Kim Philby. No sé si otros personajes de esta historia son reales, con la excepción de Margaret Thatcher, claro.
La novela, publicada por primera vez en 1984, parece una gigantesca paranoia de gusto relamido para todos los antisoviéticos del mundo. Se enmarca dentro de la Guerra Fría y rezuma anticomunismo por los cuatro costados. Diríase, sin embargo, que el objetivo es atacar a los "nuclear no, gracias" y a los laboristas ingenuos, porque uno no puede fiarse de los rusos y sería irresponsable no saber quiénes son los buenos y quiénes los malos. O quizás no es tan complicado: Forsyth escribe una novela de serie b que mezcla lo detectivesco con el suspense en un gran juego de espías y contraespías en el que vence el más listo (el MI5, of course). Los amantes de las dialécticas simples y los juegos de guerra tienen en Forsyth un creador espectacular y un conservador de …

Los hijos de la escarcha. Jack London.

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En el cuento "Hacer un fuego" (1908) [‘To build a Fire’, incluido en el libro Lost Face (1910)], de Jack London (1876-1916), se nos cuenta la congelación de un individuo del que no se nos dice su nombre. El final es estremecedor; mientras se va hundiendo en el confortable sopor de la congelación se imagina fuera de sí mismo, muerto sobre la nieve:
Se imaginó a los chicos encontrando su cuerpo al día siguiente. De pronto se vio a sí mismo junto a ellos, llegando por el sendero y buscándose. Y, todavía junto a ellos, tras un recodo del sendero se encontró encogido sobre la nieve. Había dejado de pertenecerse, porque incluso estaba fuera de sí mismo, de pie con los muchachos y contemplándose sobre la nieve. La verdad es que hacía frío, pensó. Cuando volviera a los Estados Unidos les podría contar a los paisanos cómo es el frío de verdad.
Su perro, al que ha intentado matar para calentar sus manos en las tripas, regresa al campamento, donde le espera el fuego y la comida.
Cabe p…

El premio (1996), de Manuel Vázquez Montalbán (novela negra, serie Pepe Carvalho).

1978 iba a ser el año del estreno de la película Who Killed Bambi?, protagonizada por los Sex Pistols. Los productores se habían escandalizado tanto con el guión que decidieron dejarlos colgados, así que solo quedaron fragmentos, filmaciones, escenas sueltas. Un año más tarde Margaret Thatcher ganaría las elecciones y sería elegida primera ministra. Inglaterra se precipitaba al neoliberalismo salvaje mientras en España se vivía una Transición que culminaría con la victoria del PSOE en 1982 y el fiasco posterior, hasta la debacle de 1996, sumergido ya el país en un proceso de salvaje neoliberalización, con una acumulación pasmante de escándalos y corrupciones y el surgimiento de inexplicables fortunas, además de reformas laborales inadmisibles aunque finalmente admitidas. Todo esto es una historia conocida y se le llamó cultura del pelotazo. Supongo que, como yo, mucha gente se preguntaba: ¿quién mató a Bambi?
16 años después, en plena crisis capitalista global, una frase de la novela…

La Espada del Poder.

Thomas Malory (fl. c. 1471) fue usado por John Boorman y Rospo Pallenberg en su adaptación cinematográfica del mito artúrico: Excalibur (1981). ¿Qué permanece de Malory, del imaginario del otoño medieval, en el artefacto fílmico?
Las películas de Boorman presentan a personajes en situaciones límite, incluso absurdas: en Infierno en el Pacífico (1969), un americano y un japonés en una isla desierta durante la Segunda gran guerra; en La selva esmeralda (1985), un chico rubio viviendo como un indio en la jungla amazónica, luchando contra constructores de un embalse (tema ecológico); y Defensa[Deliverance] (1972) narra cómo unos cazadores son violados y perseguidos por unos montañeses. ¿Por qué el mito artúrico?
El motor de la narrativa son los instintos primarios entrelazados a un novelón familiar, incesto incluido. Uther Pendragon consumido de deseo por Igrayne, la mujer de su rival el duque de Cornwall, es transformado en este por Merlín el brujo para poseerla, de cuya unión nacerá A…

Las horas del día (2003), de Jaime Rosales

Hiperrealismo, locura y muerte (o cómo enganchar al espectador)

El simulacro de la cotidianeidad: La soledad, de Jaime Rosales

Be water, my friend! (Bruce Lee)

La soledad (2007) (LS) de Jaime Rosales es un filme tan original como desconcertante. El director, algo desconocido hasta esta película, rodó en el 2003 Las horas del día, que le valió el premio Fipresci [1]. Las horas del día, encuadrable en el género de los filmes de psicópatas, cuenta la historia de Abel, dueño de una tienda de ropa, a quien, a pesar de la candidez bíblica de su nombre, le da por matar personas de cuando en cuando. Difiere, sin embargo, de los productos hollywoodienses e imitaciones de otros países por su estilo frío y liberado de espectacularidad (no hay banda sonora, predominan los planos fijos). Por su falta de emotividad con relación a la muerte y la locura, Las horas del día inquieta efectivamente al espectador, cuya capacidad de juicio queda en suspenso, ya que no hay reflexión, ni moralina, ni estudio psico-sociográfico. El filme carece de afectos y de gesto hermenéutico, lo que recuerda las reflexiones de Fredric Jameson (199…