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John Connolly Todo lo que muere (1999), Every Dead Thing.








Esta novela tiene bastantes cosas que me gustan y muchas que disgustan, todo ello profundamente. En 1999 podría haber sido un quijote de las novelas de detectives y asesinos en serie psicópatas, pero luego vino la trilogía Millennium (2005-2007) de Stieg Larsson. Sin embargo, si no es per se el quijote de su género, al menos lo es para mí: después de disfrutarla y sufrirla, no volveré a leer otra como ella, aunque busque más novelas de su autor, que escribe bien. (Esto suena igual que después de una borrachera, que uno promete que no volverá a beber… hasta la siguiente cita en el bar.)

Empiezo por las malas noticias: el argumento es morboso: un expolicía detective alcohólico pelea con su mujer, se va a beber y cuando vuelve del bar dando tumbos la encuentra a ella y a su hija de tres años muertas en la cocina de su casa, salvajemente torturadas, despellejadas vivas. Se trata, cómo no, de un asesino en serie.

Obviamente, el protagonista es culpado por sus excolegas pero no hay pruebas, como siempre. Él se embarca en una búsqueda on the road, junto a dos matones negros homosexuales y republicanos – signos de estigma y simpatía - y mientras tanto liándose con la psicóloga de la comisaría; la investigación lo lleva a los salvajes pantanos del Sur, llenos de caimanes, mafiosos, tiroteos y jazz, a través de una médium obesa (tanto que no puede moverse de la cama), que es despellejada algunos capítulos después. Al final, encuentra al asesino casi por azar y lo mata, después de salvar a su novia, que iba a ser ella misma desollada, en una lucha sin cuartel muy parecida a la escena final de la película (y novela) El silencio de los corderos. No diré quién es el asesino para no chafar lecturas, pero manifiesto que uno, que no es muy listo pero tampoco tonto, se lo imagina ya antes del final. Con todo, ¡atención! El horror pasa rozándote y apenas te das cuenta: «No puedes marcarte un farol con alguien que no está prestando atención».

En resumen, la novela tiene, lamentablemente, todos, es decir, TODOS los ingredientes necesarios para un plato típico del género literario-fílmico, de gran éxito norteamericano. Sería agotador describirlos uno por uno: el psicópata-artista-filósofo muy inteligente y genial, llamado "El Viajante", que asesina con arte estilo Renacimiento-Michelangelo pero usando técnicas cubistas de mensaje existencial: todos somos ser-para-la-muerte y yo mato para crear esculturas como la Pietá de seres sin piel (igual que la exposición china de los cadáveres disecados de no hace mucho) y vivisecciones para una propedéutica de la muerte o Ars Bene Moriendi: "Celso San Agustín…" bla bla "ahora el viajante ofrecer su fusión de ciencia y arte" bla bla "a tomar sus propias anotaciones sobre la mortalidad y crear un infierno en el corazón humano"; o sea, bla bla de pensamientos abi-sales para tarados que no conocen la última noticia: un criminal quizás lector (consciente o inconsciente) de Heidegger o Sartre (ya que a Zubiri, que no es tan chic como un monsieur o un denken-denken, solo lo leen los filósofos cateto-hispánicos). Y, ojo, hay más psicópatas, porque el descrito  es el principal, pero hay una pareja de maníacos asesinos de niños que ocupan media novela y en cuyo encuentro hay implicación débil pero explicable con el argumento central… (casi como si hubiera dos novelas en una). (Por cierto que la pareja que asesinaba niños, desgraciadamente, se inspiraba en hechos reales.)

En Todo lo que muere no faltan los tiroteos espectaculares tipo Rambo o Al Pacino en Scarface, ni su triste jerga de fascinación por las armas – descripciones de pistolas y fusiles y ratatatá -, las persecuciones de coches, las escenas de peleas de bar tipo "este pueblo es demasiado pequeño para un tipo de ciudad" en las que my hero hace llaves de kárate o krav maga…  todo esto me cansa leerlo. Lo aguanto en la pantalla, porque es lo que hay cada día en la tele o el cine y no está mal: la violencia absurda suele relajar, sobre todo si es grotesca o cómica como en las películas de John Woo o Tarantino, el mago de la gilipollez. Pero en la novela no pega ese exceso maquillaje de violencia, una sobrecarga vomitiva de todo lo que vemos en la telebasura todos los días…

Para colmo, los personajes carecen de profundidad psicológica, son tipos, caricaturas, dibujos de cómics. Y no digo más, que me deprimo.

Las buenas noticias: toda esa sobrecarga y acumulación de tópicos es lo que la salva, digo, a la novela: ¿cómo escribir luego una de psicópatas después de leer Todo lo que muere?  Un guión prefijado, un desenlace previsto, unos personajes de tebeo, narración en primera persona de un hombre atractivo, inteligente y que sabe pelear y seducir y mucho yo, yo-porqueyo-yo. Insuperable manejo de la retórica del género.

Pero no se vayan todavía: está bien escrita. Buena prosa incluso a través de su traducción, con algunos pasajes sinceramente hermosos: "Walter Cole era también un lector voraz, un hombre que devoraba todo aquello que pudiera ampliar sus conocimientos del mismo modo que ciertas tribus devoran los corazones de sus enemigos con la esperanza de ser así más valerosos"; "Por lo visto, así era la ciudad: las calles dejaban de existir; los bares abrían y , al cabo de un siglo, ya no estaban; los edificios eran derruidos,  quemados hasta los cimientos y otros se levantaban en su lugar. Se producían cambios, pero el espíritu de la ciudad seguía siendo el mismo. En aquella bochornosa mañana de verano, parecía absorta en sus pensamientos bajos las nubes, padeciendo a la gente como una infección pasajera que la lluvia limpiaría"; "Un hombre que afirma que se lo cuenta todo a su mujer es un mentiroso o un idiota, decía mi primer sargento. Por desgracia, estaba divorciado".     Gracias estas ironías y a estos pasajes, flowers en páramos o prados de lugares comunes, absuelvo esta novela de sus pecados y no la quemaré. Pero hay más.

Una buena obra literaria no se hace solo de frases ingeniosas, sabiduría formularia o gimnasia rítmica verbal: debe contener algo más, también en su fábula: sea un personaje, una metáfora, una historia como el gancho noqueante de un buen boxeador. En esta novela, lo mejor es lo peor, lo más despreciable su fuerza. Quizás por eso vale la pena. Ni los personajes (ni el patético Charlie Parker, ni los matones negros, ni la psicóloga pelirroja), ni sus ingredientes, sino quizás la tensión máxima de todos los quijotes: llevar los elementos de un género hasta un máximo de tensión que parecen romperse: Todo lo que muere posee un elemento en su argumento que la vuelve inquietante: los asesinatos y abusos de niños.

Como esto me duele mucho, no hablaré de ello, porque hay que tener tripas para escribir una novela donde se matan y torturan niños, muchos niños. Es casi insoportable. Lo cuento rápido y desmañado porque no quiero releerlo. De esas tristes y horrorosas muertes está plagada esta oscura y viscosa novela de detectives: las muertes de inocentes, de seres que no son todavía sociales, que son humanos pero no demasiado humanos en el sentido terrible de la palabra. Y de algo tan despreciable, inhumano, deshumanizado, sale algo, porque los abismos del psicópata cutre-heideggeriano no son nada. Solo muerte. Ni estúpida ni inteligente, ni hermosa o grotesca, solo muerte ("Son gilipolleces. Todo ese rollo, la religión, los dibujos médicos…, son solo adornos. Y quizás él se lo cree, o quizá no"). Seguramente no impresionan a nadie o solo provocan una media sonrisa, al menos a mí.

La novela son dos novelas, parte de ella inspirada en sucesos reales que no daré aquí porque me da pena:  los de una pareja que asesinaban niños (tema que hace poco también aparecía en la película  Prisoners (2013) y en el cine, que yo sepa, ya en 1955 en The Night of the Hunter ). El paralelo psicopático del detective había asesinado a su hija de tres años. Todo ello lleva al autor a reflexionar sobre el mal: un mal sueño o una pesadilla que existe. No sé si habla del mal ontológico o esencial a gusto de seudo-dominicos con vaqueros y gafas oscuras, pero sí se pregunta sobre cómo es posible cometer determinados crímenes, que esos crímenes se cometen, y que los cometen personas que parecen ejemplos sociales y forman parte del poder.

De esas tristes y horrorosas muertes está plagada la literatura moderna y lo que la ideología dominante llama literatura universal. Del hambre del Lazarillo a Oliver Twist o el fantasma del niño asesinado Polidoro en el prólogo de Hécuba. El bebé Astianacte arrojado por las murallas; los críos pequeños huyendo por la Sierra en La guerra de Granada o asesinados en un pueblo de Almería. Unas fotografías de Ucrania en la segunda guerra mundial que no quiero recordar. No quiero que la vida real me haga enfrentarme a algo así y no vivirlo me parece ya, hoy, ser afortunado. El mal existe: «Del mismo modo que podía trazarse una línea desde una turbera de Alemania hasta un pantano del sur, yo llegué a creer que también la maldad se remontaba a los orígenes de nuestra especie. Una tradición de maldad discurría bajo toda la existencia humana igual que las cloacas bajo una ciudad, y esa maldad proseguía incluso después de destruirse uno de los elementos que la constituían, porque éste era simplemente una pequeña parte de una totalidad mayor y más siniestra…»

...Algo que escribe un irlandés, y que sitúa en un ambiente no irlandés, como el sur americano. Si no supiera que el autor es quien es, pensaría que la novela fue escrita por un americano. Abrumador sinsentido, absurdo, muerte, mal, culpa, violencia. Totalidad siniestra de la que no quiero ser parte. Totalidad siniestra descrita sin moralina, sin lección magistral socio-histórica pero sugiriendo un entramado de sus raíces sociales y psicológicas, aunque el autor las enreda tercamente a nuestra biología (oh, Darwin, enclenque explicación), no sin cierta razón. Sin moralina, pero no sin la solidez ética de querer vivir sin hacer daño. La primera novela de la serie Charlie Parker, de la que me disgusta todo pero todo me engancha - mea culpa - y esa oscuridad inquietante de lo real emergiendo entre sus páginas.

No le recomiendo esta novela a nadie, no se lo diré a mi mujer, pero yo seguiré leyendo a John Connolly.


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