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Eichmann en Jerusalén. La banalidad del mal.





Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal (Hannah Arendt).
Barcelona, Lumen, 1999 [2003, cuarta edic.]

1963. El juicio a Eichmann fue en 1961.
Durante algún tiempo, Eichmann había abandonado algo la prudencia y dejaba demasiadas pistas. No parecía que los servicios secretos israelíes fueran excesivamente especiales, o a lo mejor entonces tenían otros secretos de los que ocuparse. Quizás Eichmann deseaba ser juzgado.

Al final de la guerra, cuando todo estaba perdido, ­una señora tranquilizaba en una conferencia a unos campesinos: «El Führer, en su gran bondad, tiene preparada para todo el pueblo alemán una muerte sin dolor, mediante gases, en caso de que la guerra no termine con nuestra victoria» [139].

Alucinante. 
Eichmann: «Con mis palabras acerca de Kant quise decir que el principio de mi voluntad debe ser tal que pueda devenir el principio de las leyes generales» [156], a lo que añade H. Arendt: “(lo cual no es de aplicar al robo y al asesinato, por ejemplo, debido a que el ladrón y el asesino no pueden desear vivir bajo un sistema jurídico que otorgue a los demás el derecho de robarles y asesinarles a ellos)”. 

¿No pueden desearlo? 

«Los comandantes de los Einsatzgruppen [unidades móviles de exterminio en el Este] eran individuos de la élite intelectual de las SS, en tanto que los hombres de la tropa eran ya criminales, ya soldados regulares castigados con este servicio especial ―no se admitían voluntarios―» [263] Antony Beevor en Stalingrad (1998): The behaviour of many soldiers in Army Group South was particularly gruesome. Reichenau's Sixth Army headquarters issued the following order on 10 August 1941: 'In various places within the army's area of responsibility, organs of the SD, of the Reichsführer's SS and chiefs of the German Police have been carrying out necessary executions of criminal, bolshevik and mostly Jewish elements. There have been cases of off-duty soldiers volunteering to help the SD with their executions, or acting as spectators and taking photographs.' It was now forbidden for any soldiers, 'who have not been ordered by a superior officer', to take part in, to watch or to photograph any of these executions. Later, General von Manstein's chief of staff passed the message to the Offizierkorps of the Eleventh Army in the Crimea that it was 'dishonourable for officers to be present at the execution of Jews' [55]. No era “honorable”, digno de los militares, ver o fotografiar las masacres, así que fue prohibido. Pero lo sabían, y contribuían a ello directamente, con o sin directo “deshonor”, sabiéndolo o ignorándolo o sitiendo asco. Solo sucedía que la conciencia, como a Eichmann, les hablaba con voz respetable.
«Nosotros sabíamos lo que ocurría, pero nada hacíamos para evitarlo. Si alguien hubiera formulado una protesta seria, o hubiera hecho algo para impedir la actuación de la unidad de matanza, hubiese sido arrestado antes del transcurso de veinticuatro horas, y hubiera desaparecido. Uno de los refinamientos propios de los gobiernos totalitarios de nuestro siglo consiste en no permitir que quienes a él se oponen mueran, por sus convicciones, la grande y dramática muerte del mártir. Muchos de nosotros hubiéramos aceptado esta clase de muerte. Pero los estados totalitarios se limitan a hacer desaparecer a sus enemigos en el silencio del anonimato. Y también es cierto que todo aquel capaz de preferir la muerte a tolerar en silencio el crimen, hubiera sacrificado su vida en vano. No quiero decir con ello que tal sacrificio hubiera carecido de trascendencia moral, sino que hubiese resultado prácticamente inútil. Ninguno de nosotros tenía unas convicciones tan profundamente arraigadas como para aceptar el sacrificio prácticamente inútil, en aras de un más alto ideal moral.» No es necesario advertir que el autor del libro citado - comenta H. Arendt - no se da cuenta de la vaciedad que supone el dar la importancia que da a la «decencia», cuando no existe lo que él llama «un más alto ideal moral».

«(Esta misma argumentación fue empleada, aunque con menos éxito, ante un tribunal polaco por el ex Gauleiter del Warthegau Arthur Greiser: solamente su «alma oficial» había cometido los crímenes por los que fue ahorcado en 1946, su «alma privada» siempre los repudió.)»[161]

La obscenidad del cinismo: "mi alma privada". ¿Decía la verdad, se lo creía? Y en caso que la dijera, ¿es esta esquizofrenia moral y vital posible? (Como la ideología, es falsa y verdadera al mismo tiempo: un lector althusseriano lo creería. Al igual que el truco de Himmler - véase más abajo.)

Los militares, según su relato (el de ellos), tenían miedo y no podían hacer otra cosa, además no hubiera servido para nada. Es cierto que también está la historia del sargento Anton Schmidt, «Anton Schmidt estaba al mando de una patrulla que operaba en Polonia, dedicada a recoger soldados alemanes que habían perdido el contacto con sus unidades. En el desarrollo de esta actividad, Schmidt había entrado en relación con miembros de las organizaciones clandestinas judías, entre ellos el propio testigo Kovner, y había ayudado a los guerrilleros judíos, proporcionándoles documentos falsos y camiones del ejército. Y, lo cual es todavía más importante: «No lo hacía para obtener dinero». Lo anterior duró cinco meses, desde octubre de 1941 hasta marzo de 1942, en que Schmidt fue descubierto y ejecutado.»
(Las bolsas de olvido no existen. Nada es inútil. ¿Y si Paulus, Keitel o Rommel hubieran hecho lo mismo que Schmidt?)
Muchos necesitaban emborracharse, drograrse. No es fácil matar a hombres, mujeres, ancianos y niños.
El truco utilizado por Himmler ―quien, al parecer, padecía muy fuertemente los efectos de aquellas reacciones instintivas― era muy simple y probablemente muy eficaz. Consistía en invertir la dirección de estos instintos, o sea, en dirigirlos hacia el propio sujeto activo. Por esto, los asesinos, en vez de decir: «¡Qué horrible es lo que hago a los demás!», decían: «¡Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!». [133]

Pobres agentes agobiados por su misión histórica, poseídos por su Voluntad de poder o violentados por sus Estados.  (En Jerusalén, Eichmann acusó a «quienes ostentaban el poder» de haber abusado de su «obediencia». «El súbdito de un buen gobierno es un ser afortunado, el de un mal gobierno es desafortunado. Yo no tuve suerte», afirmó.) [218] Pobre Eichmann, sufriendo en su alma los aguijones morales de su personal e intransferible mala fe (seguramente sería exculpado por alguna corriente de sociología o psicología modernas, argumenta H. Arendt, «en virtud de tal o cual determinismo»; irónicamente, para las escuelas que no consideran el individuo sino como una contingencia, sería teóricamente imposible juzgar a los criminales individuales, aunque la teoría, claro, se alimenta de la práctica). Era prisionero de su cargo y de sus ambiciones profesionales. Antes de la guerra dejó de ser un don nadie para convertirse en “especialista en asuntos judíos” («...su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso»). Juguete de sus superiores, sus acciones eran esencialmente las de un simple funcionario.
(La conciencia no debía ser tabula rasa cuando en los últimos meses de la guerra se destruyeron tantas pruebas).
“Yo no tuve suerte”. Sería confortante poder creer que era un monstruo. «Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de delincuente ―tal como los acusados y sus defensores dijeron hasta la saciedad en Nuremberg―, que en realidad merece la calificación de hostis humani generis, comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad.» [342]
Sea como sea, las leyes hablan: Aquí nos ocupamos de lo que hiciste, no de la posible naturaleza inocua de tu vida interior y de tus motivos, ni tampoco de la criminalidad en potencia de quienes te rodeaban. El mundo de la política en nada se asemeja a los parvularios; en materia política, la obediencia y el apoyo son una misma cosa.
Eichmann no era estúpido. No fue Macbeth o Yago. «Únicamente la pura y simple irreflexión ―que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez― fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo.»

El País, 22 de febrero, 2013: el empresario alemán Otto Beisheim, de 89 años, se salta la tapa de los sesos. En su tierna juventud, casi adolescencia, fue un SS, miembro de la guardia personal de Hitler. Estaba muy enfermo y quizás se trató de una auto-eutanasia. Parece un “asunto médico”, como la eliminación de enfermos y subnormales durante el nazismo.
Un asunto médico.  La misma noticia apareció en finanzas.com.

Malvada ironía, ¿quién soy yo para reírme de un muerto?

Joseph Aloisius Ratzinger nació en 1927. Günter Grass, nacido en 1927. Entre los dos hay un mes de diferencia. Otto Beisheim nació en 1924. Cuando Hitler llegó al poder, Otto tenía 9 años: pudo volverse loco como tantos niños.  Alois y Günter tenían sólo 6 años. Adolf Eichmann, 27.

Hannah Arendt arremete contra los sentimientos de culpa de las generaciones que no hicieron la guerra: es agradable sentirse culpable.
Es muy agradable sentirse culpable cuando uno sabe que no ha hecho nada malo. Sí, es muy noble... Sin embargo, es muy duro, y ciertamente deprimente, reconocer la propia culpa y arrepentirse. La juventud alemana vive rodeada, por todas partes, de hombres investidos de autoridad y en el desempeño de cargos públicos que son, en verdad, muy culpables, pero que no sienten que lo sean. La reacción normal ante dicha situación debiera ser la de la indignación, pero la indignación comporta riesgos, no riesgos de perder la vida o de quedar mutilado, pero sí de crearse obstáculos en el desarrollo de una carrera cualquiera. Esos jóvenes alemanes, hombres y mujeres, que de vez en cuando ―en ocasiones tales como la publicación del Diario de Ana Frank o el proceso de Eichmann― nos dan el espectáculo de histéricos ataques de sentimientos de culpabilidad, llevan sin inmutarse la carga del pasado, la carga de la culpa de sus padres. En realidad, parece que no pretendan más que huir de las presiones de los problemas absolutamente presentes y actuales, y refugiarse en un sentimentalismo barato. [311]

Refugiarse en un sentimentalismo barato. Pero nadie experimenta placer en la culpa. Es distinto pedir perdón a sentirse culpable, porque el que pide perdón hace algo. El que sólo se siente culpable y no hace nada, se refugia en la vergüenza, la hace suya, la alimenta, no la confronta. Pero hay crímenes sin redención. Eichmann merecía morir, «tenía que ser eliminado».
No. Ratzinger y Grass no son lo mismo.
Muchos admiten que «la culpa colectiva, o, a la inversa, la inocencia colectiva, no existe, y que si verdaderamente existieran no habría individuos culpables o inocentes» [368], pero, añade H. Arendt, «Todo gobierno asume la responsabilidad política de los actos, buenos y malos, de su antecesor, y toda nación la de los acontecimientos, buenos o malos, del pasado», pero juzgarlos no es tarea de un tribunal de lo criminal. «La cuestión de la culpa o la inocencia individual, el acto de hacer justicia tanto al acusado como a la víctima, es la única finalidad de un tribunal de lo criminal». El proceso de Eichmann no fue una excepción.

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