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Antígona, o, la lógica cultural del filosofismo tardío (y algunas palabras sobre la desobediencia civil)









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Leo hoy este artículo sobre el libro electrónico del filósofo esloveno Slavoj Žižek Antigone (2016). Recuerdo un post de un amigo, "El pueblo de Tebas se aburre de Creonte y Antígona" (aquí), que me impulsó a leerlo. 
    Žižek filosofa-juega mucho en su libro, se ríe de las lecturas historicistas y recrea su propia Antígona. A lo que parece, el esloveno piensa - como Castoriadis - que tanto Antígona como Creonte provocan la tragedia por pura cabezonería, incapacidad de ceder, de tolerancia,  que Antígona es inmune al diálogo, poseída de una especie de pulsión de muerte; que el coro intenta zafarse de ese conflicto abocado a la tragedia y que condena a ambos a muerte, como un tribunal popular. Justamente. (Ignoro qué justicia hay en matar a la joven.)
   Žižek relee el mito y, consciente de que toda tradición es una invención, invita a abandonar la lectura más histórica o historicista y a recrear la obra. Una obra como Antígona, tan petrificantemente canónica, debe mirarse hacia atrás, nos dice, es decir, ver cómo nos habla a nosotros hoy, "a los hombres futuros" (las comillas son mías porque estaba pensando en Brecht). Žižek lee otras antígonas (mayúsculas o minúsculas), reflexiona sobre la obscenidad del SuperEgo y pontifica admirablemente sobre psicoanálisis y política, con su filosofismo posmoderno de siempre, repitiendo cosas que dice en otros de sus libros. Brillante en menos ocasiones que cansino. La obra que ofrece está bien y lo que parece decir  es lo que ya citaba: que el pueblo de Tebas se cansa de tanto conflicto político exagerado. Y creo que el énfasis último lo pone el texto que cité al inicio, no el filósofo lacaniano-hegeliano esloveno.
      Žižek es intelectualmente estimulante, a pesar de la jergaPero la operación es deshistorizante. No sé si es legítimo o si es posible un punto intermedio, ver quién nos habla desde Antígona, al par que respetar la ontología histórica de la obra. Averiguar no sólo si algo o un qué nos habla, sino quién nos habla, si el diálogo con el público que la vio representada por primera vez es posible, qué tenemos en común con ellos, si nos habla a las dos o varias formas de subjetividad porque las problemáticas son parecidas, o simplemente, pasar: hundirse en la lectura espontánea, dejarse llevar por las sirenas del propio inconsciente y jugar, quedarse no sabiendo, "toda sciencia trascendiendo". Plantearme esta alternativa es algo que yo puedo hacer. Sé que a otros no les importará porque no tienen herramientas para leer la obra o porque, simplemente, pasan, no lo sé. Que hay públicos que odian la teoría y la búsqueda de la historia, que prefieren el universalismo de la naturaleza humana y sus supuestamente eternos egoísmos y amores por la libertad. Como si ἐλευθερία significara lo mismo que libertad. Allá ellos. No es mi problema. 

Un punto y aparte, claro, para explicarme. Es necesario. Cómo preguntarnos en serio cómo nos habla hoy esa tragedia, al tiempo que dejamos sonar el rumor de la otredad de la voz que habla desde el pasado, en una lengua que apenas podemos comprender, aunque podamos traducirla. Antígona es la archi-tragedia, un hypertexto (no en sentido semiótico, sino en la terminología informática) que genera múltiples lecturas, enlaces en la pantalla que conducen a otras pantallas, a otras páginas del universo virtual. Antígona es un hipertexto de tal poder que su canonicidad petrifica a todos los que quieren reflexionar sobre la tiranía y la política en literatura. Pero también sabemos cosas: que es eso por motivos externos al propio texto: es así por el Canon literario occidental, un constructo ideológico de la Modernidad; también sabemos que las tragedias griegas no son literatura en el sentido que las entendemos nosotros. Se suelen citar los coros como verdades "eternas", que lo son por estar en poesía, porque "la" poesía, es "eterna". Es decir: se le superpone un valor más allá de lo que dice, se lo preña de significados, se lo adensa, y a lo mejor no es - por decirlo algo heréticamente - para tanto. 
    ¿Nos contaremos entonces cuentos para bañarnos de capital cultural, de la sacralidad y plusvalor de "oh, Dédalo, los griegos", o queremos saber qué es lo que está pasando realmente? Yo propongo, en parte como Žižek, pero al revés que él, una especie de "epojé" o suspensión de las creencias que damos por sabidas, pero no sobre nosotros mismos, sino sobre lo que nos han enseñado sobre "oh, Dédalo, los griegos" y sobre el extenuante rollo de "in principio erant Graeci". Amamos la poesía, amamos el griego, amamos a Sófocles, pero también amamos la verdad, porque esta nos hace realmente libres, aunque quizás un poco menos felices.

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Pongamos en suspenso el rollo canónico e intentemos asistir a la tragedia como lo haría un ciudadano ateniense. Porque la fortuna de la tragedia, conservada de milagro y pasada por una tradición manuscrita (con errores) de 2.500 años, comienza en el siglo XIX, con la consolidación de la ideología del sujeto, y la invención - nos cuenta el filósofo Juan Carlos Rodríguez -  de que el conflicto fundamental en literatura (en una tradición que parte de Rousseau, Kant y llega hasta Lukacs) es el que enfrenta al individuo con el Estado. Para Antígona, Hegel es el arquitecto conceptual, hasta las derivas de Kierkegaard y luego finalmente Brecht o Zambrano. Están los libros de Steiner y otros para comprender este desarrollo. Y Žižek, probablemente a gusto en ese kantismo - dubitantemente lacano-cartesiano -, no lo ve o se la refanfinfla. Pero a mí no. Incluso si veo mucho valor o valores en su lectura. Pongamos, en fin, todo este rollo posmoderno universalista en suspenso y, saliendo del sentido común, primero, hablemos de la tragedia tal y como la veían ellos, los griegos, y luego  podremos preguntarnos cómo la podríamos ver nosotros, despojando su lógica ideológica del texto y buscando, como dice mi amigo, en qué nos habla todavía a nosotros, si es que nos habla.  

Otro punto y aparte. Segundo: La tragedia griega, enseña Castoriadis (ver aquí), es la escuela de la democracia para los ciudadanos atenienses - varones libres. La escuela y la teoría. No se olvide que se trata de una democracia directa, asamblearia. La cronología no es precisa pero sabemos que Antígona debió de ser representada por primera vez alrededor del 441, en plena madurez de su autor. La lógica interna del texto que se nos ha transmitido apunta a (a) una crítica de la tiranía (Creonte), (b) un llamamiento al mantenimiento de ritos religiosos no-públicos-no-políticos (Antígona), (c) una reflexión sobre la desmesura en política (Antígona, Creonte), (d) una reflexión sobre el destino (la maldición de los Labdácidas), (e) una visión de la divinidad ambigua, en un mundo de caos, muerte, locura y desolación. Un mundo de divinidades crueles, fuerzas cósmicas poderosas, más allá del bien y del mal. "Todo lo puede el hombre - menos la muerte", es la famosa oda. El coro, en un momento, parece reprochar a Antígona lo que nombra como locura, al par de la venganza y la arrogancia en Creonte... pero no puedo ser prolijo ahora, en el blog. 

Hay cosas que se escapan, oscuras, resultado de que nos faltan datos. Pero lo que sabemos puede bastarnos: Antígona es la gens aristocrática que reclama su derecho a los ritos religiosos, a enterrar sus muertos en sus "oikos", en sus casas, incluso si fueron enemigos de la polis. Sófocles no quiere que la polis invada el espacio de las familias-"linajes". Religión y polis están unidas, pero hay un espacio más allá de la polis, es el de los "linajes" pre-polis. Y los dioses le avalan: La obra está llena de portentos: tormentas, o incluso como si los dioses - dice un personaje - enterraran ellos solos a Polinices; y la aparición del sacerdote-adivino Tiresias al final (como en el Edipo Rey), no es gratuita, como no lo son sus religiosos y mistéricos "auspicios"  - una palabra que significa "ver (aves) a los pájaros (aspicio)" -, observando e interpretando a los pajarracos que se pelean por la carroña del cadáver de Polinices. Hay una atmósfera ominosa en toda la obra y el mismo Sófocles parece decantarse por Antígona y sus derechos, por encima de la voluntad de ese hombre poderoso, eficiente, pero terco, excesivamente cegado por su machismo (aunque esto era normal en un griego) y que no soporta la idea de que su hijo Hemón vaya a casarse con una rebelde masculinizada que además contradice sus leyes. 
         En Antígona hay una problemática política clara: ceder es importante, para no provocar catástrofes. La desmesura, la hybris, conduce a una debacle. Si hay incesto o no (el planteamiento de Butler), pues no lo sé, por cierto, ¿es importante a la hora de comprender esta lógica arcaica, atávica, del deseo de enterrar a un hermano-de-sangre? No se puede psicoanalizar a Antígona, ni a su texto, ni Antígona representa a los LGTB. Un texto no puede psicoanalizarse, ni una película (pace Zizek). Lo más que se puede es colgarle la jerga lacaniana para decir cosas a las que no les hace falta (aunque suenen peor).
      Que enterrar a los muertos (a tus muertos) es importante para un griego, lo prueba el hecho de que tras la batalla naval de las Arginusas en el 406, unos 35 años después de la representación de Antígona, que los atenienses ganaron, los generales fueron condenados a muerte por no haber recogido a los caídos por miedo a una tormenta inminente. Sócrates se opuso a esta condena. (Sócrates, dicho sea de paso, en la Apología, igual que Antígona, defenderá su derecho a disputar y debatir con todos los ciudadanos para hacerlos mejores, porque Apolo se lo ordenó. La Apología es una especie de Antígona, Platón la tenía en mente cuando incluso llegó a dibujar a un Sócrates cuya desmesura de palabra y su arrogancia, habría de acarrearle la condena del tribunal. El inconsciente ideológico ateniense de la democracia es el de la tragedia.) 

Pero basta de  historia. ¿Y cómo nos habla a nosotros esta obra de Sófocles? Nos habla traducida a nuestro lenguaje, a nuestra ideología, pero también porque en la obra leemos una reflexión sobre la tiranía y sobre la desobediencia civil, y el desorden que esta introduce en la ciudad-comunidad. Sófocles era un griego ideológicamente aristocrático, pero también profundamente político, al menos en las obras que conservamos, político en el sentido de polis. Y los conflictos sociales, como la lucha de clases, son transhistóricos ("toda la historia,etc. ..."). La pulsión mortífera de Antígona, su no escuchar y no ceder, es la de aquellos cegados por su ideología en el campo político, incapaces de plegarse, de estrategia. Y Creonte... Creonte es el tirano lamentable que acaba quedándose solo. El coro, el pueblo, los guardianes del cadáver, hartos de tanta guerra civil, solo quieren la paz. Saben que de una equivocación a otra, la cascada de errores lleva a la violencia, y los pobres son, como el guardián de Antígona, los que recogen los platos rotos, el dolor, la miseria de la moral de los poderosos.

A mí, particularmente, me molesta la arrogancia de Antígona, cómo trata a su hermana, su dogmatismo, aunque hay un momento en que - incluso con el inconsciente ideológico presente - veo a una adolescente angustiada ante la muerte por haber realizado su deber moral (¿fue enloquecida por un dios?), en esa escena terrible cuando camina de la luz hacia las sombras, antes de ser enmurada viva. Como una película de horror, morir en una tumba.  Mi amor por Ismene y Hemón, también hijos de la luz entre las sombras, es infinito.


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